Cómo me las montessorizo yo en cuarentena

¿Cómo va ese confinamiento? Sé que no está siendo una tarea fácil para la mayoría de la gente. Me decía una madre el otro día: “no sé qué hacer con los niños, yo no soy una profesional de la educación”. Tal vez te resuene este comentario, aunque seas profesional de la educación.

El problema no son los niños ni el no saber qué hacer. El movidón que tenemos es más bien por la cantidad de horas seguidas de convivencia continua e intensa sin poder salir para cambiar de ambiente o círculo social.

Esta situación no es natural. Tampoco lo es el ritmo de vida normal al que sí estamos acostumbrados. En cualquier caso, voy a aprovechar esta coyuntura, en la que por primera vez estamos todos los padres y madres junto a nuestros hijos tanto tiempo seguido, para ir dando algunas sugerencias montessorianas que os permitan realizar pequeños cambios. Atención, porque pueden ser extraordinariamente significativos para los niños y para nosotros mismos.

La joya de la corona montessoriana: el ambiente preparado

Si hay una aportación de María Montessori especialmente maravillosa y muy diferente de lo que se estila en educación y crianza, es la preparación de un entorno en el que el niño pueda sentirse seguro, respetado y confiado para que pueda desarrollar su autonomía y desplegar su potencial. Esta es la base. Un cactus no crece feliz y fuerte en el Amazonas y un niño tampoco lo hace en un lugar hostil.

No es ni el contenido académico ni nuestras lecciones magistrales de “adulto sabelotodo” lo que ayuda al niño a desarrollarse plenamente. No. Es el lugar, son los sonidos, las palabras, los espacios, los gestos, los objetos a su alcance, la forma de ser de los adultos, la música que suena, los pensamientos pronunciados en voz alta.

Todas las variables habidas y por haber que los niños captan y procesan, influyen en la configuración de su personalidad. Esto cobra una importancia enorme en la educación. Si el ambiente escolar es fundamental para el rendimiento y la autoestima de las criaturas, ¿cómo de importante será el ambiente en casa? ¿Necesitamos material Montessori para poder aplicar esta gran premisa montessoriana? No, no necesitamos ningún material.

En las próximas entregas vamos a ir viendo diferentes elementos del ambiente. Hoy voy a presentarte sólo una de estas variables ambientales, una de las más importantes desde mi punto de vista, y te voy a proponer un reto.

Las etiquetas

El segundo punto del decálogo de María Montessori para guías y asistentes dice: “Nunca hables mal de un niño en su presencia o en su ausencia”. Este es el Montessori-gadget que os traigo para la casa.

Cada vez que le dices a una persona “eres un…”, estás tocando su identidad. ¿A ti te gusta que te digan lo que eres? ¿No es mejor que cada uno se sienta libre de crear su autoimagen?
Lo que un niño entiende que es, se corresponde con lo que los demás le van diciendo (con o sin palabras), y con lo que los demás opinan de él.

NOTA:
Los niños con la autoestima baja llevan muy mal las etiquetas, incluso las positivas, y generan cada vez más rechazo contra esos adjetivos, hundiéndose cada vez más. Es mejor decirle: “me encanta tu dibujo” que “eres un artista”. La autoestima viene del reconocimiento social e individual de sus acciones. Cuando suban la autoestima, entonces sí estarán receptivos a oír “eres un artista”, y aun así, yo sugiero algo como esto: “me recuerdas a los grandes artistas”, para dejar su identidad en sus propias manos.

Prueba a hablar en presente y en primera persona. Por ejemplo, en lugar de “eres demasiado lento”, podrías decir “me parece que lo estás haciendo muy despacio”. La diferencia está en convertir a tu hijo en un lento o en informarle de lo impaciente que tú estás, y que para poder sentirte mejor necesitas que actúe con más rapidez. ¿Ves la diferencia? ¿Quieres que tu hijo sea lento, o prefieres desarrollar la paciencia con él? Tal vez la etiqueta que estás a punto de ponerle sea un mensaje muy útil para ti: desarrolla tú la paciencia y deja a tu hijo aprender a su ritmo. Ahí te lo dejo.

Lo mismo te digo si en lugar de ser tu peque es tu pareja, tu alumna, tu madre o el vecino. Cada vez que dices “eres” estás interfiriendo en la identidad del otro, y lleva una carga de acusación y de culpa.

EXCEPCIÓN:

En mi opinión, sólo resulta respetuoso cuando es un reconocimiento para el que la otra persona está preparado. Si un niño tiene un gesto de generosidad con su hermano y lo hace delante de ti precisamente para que lo valores, entonces está pidiendo a gritos que le digas: “¡qué generoso eres, cariño!”. Quizás porque le has acusado demasiado de ser un egoísta y de no prestarle sus cosas a su hermano. Ahí sí tenemos la oportunidad de deshacer el etiquetón que he mencionado con otro contrario. Mi propuesta para que el niño cree una identidad positiva y fuerte es a través de la valoración de sus acciones, más que de sí mismo.

Tal y como decía antes, el ambiente óptimo debe transmitir seguridad, respeto y confianza. Este tema de las etiquetas toca especialmente el respeto. Pero hay muchas otras cuestiones que trabajarse para preparar mejor el ambiente doméstico. Los próximos días iré dándote otras perlitas como esta.

De momento, te dejo esta tarea: anota las veces que dices “eres…” o “es…” al hablar a tu hijo o al hablar de él. Cuando digas estas expresiones, observa si las acompañan adjetivos negativos o positivos (y si es pertinente en tal caso). Y te propongo que te curres la intención de dejar de usar esa expresión para siempre.

Prueba a decir: “Estás haciendo…”, “Me parece que…”, “Yo creo que…” y cosas por el estilo. Mándame un correo cuando lleves una semana sin pronunciar esa palabra ni una sola vez, y dime si observas alguna diferencia en tus hijos o en tu relación con ellos.

¡Hasta pronto y mucho ánimo!
Rafa

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