El humor en tiempos del corona

Una madre hace unos días me sugirió que tratara el tema de la conexión con los niños. Me dijo que estaba teniendo momentos muy complicados con su hijo: “se enfada más de lo habitual, me grita, me intenta pegar, escupir, me lanza cosas… intento conectar con él…”. Así que voy tocar el tema, porque seguramente es algo bastante habitual.

Lo primero es que, en estos días de encierro, cualquier reacción fuera de tono está dentro de lo esperable, y no porque lo estés haciendo mejor ni peor ni porque tu hijo/a haya decidido hacerte la vida imposible.

Cuando dentro de los niños/as hay movimiento emocional, puede que su respuesta sea contraria a lo que buscas. Están expresando de forma natural algo que les pasa por dentro. Es como acercarse con cariño a una hiena: hay que dejar un espacio prudencial y entender que no es contra ti. 

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En condiciones normales, no es tarea fácil que tu hija/o te vea como un aliado o aliada. Normalmente, eres su medio de supervivencia y recurre a ti para satisfacer sus necesidades. Y esto es así porque es a lo que te dedicas fundamentalmente. Él o ella lo ve, lo experimenta en sus carnes, no puedes convertirte de repente en su colega desde el rol de padre o madre. Si quiere comer, te busca para que le prepares la comida, si quiere ir al parque o que le compres algo, te busca para eso.

Somos instrumentos al servicio de las necesidades de los niños. Pero ese rol instrumental lo podemos modificar de vez en cuando y entrar en su mundo.

El mundo de los niños.

¿Cómo entramos en el mundo de los niños? Los niños son turistas. Están conociendo el mundo y sorprendiéndose con cada cosa que está a su alcance. Miran, se interesan, manipulan, utilizan, tiran…, y así hasta que ya lo conocen de sobra. Entonces se van a visitar otro objeto. Nada es obvio, banal, y rutinario para ellos. De la exploración pasan a la imaginación, y entonces exploran con su imaginación, con su juego.

El aburrimiento dura muy poco; concretamente, el tiempo que transcurre entre la visita a un objeto o actividad y la visita al siguiente. Si por algún motivo, no hay novedad (siempre los mismos objetos, siempre las mismas actividades), entonces se aburren porque no pueden seguir explorando. Son turistas y dejar de serlo les mata la vitalidad.

Por lo tanto, para entrar en el mundo de los niños tienes que pasar a ser un turista en tu propia casa: hay que dejar las prisas, las tareas domésticas, el trabajo, el móvil, las preocupaciones; hay que dejar de intentar controlarlo todo, prescindir un poco de las normas y de lo que es o no es correcto, de los usos “normales” de las cosas… ¿Alguna vez has hablado por zapatófono con tu hijo?

Además, la vergüenza quizás la puedas dejar a un lado, como hacen los niños, y empezar a hacer el tonto, que no es otra cosa que sorprender con una acción sin sentido aparente y con un guiño de humor.

Ahora bien, los niños, dependiendo de su edad, pueden experimentar vergüenza ajena. Hay que encontrar un equilibrio entre lo que a uno le hace gracia y lo que a ellos les gusta. Es entonces cuando rompes un patrón, das una patada a tu rol de madre o padre, y entras en la aventura de vivir.

Hacer el tonto es algo que se puede llevar a cabo muchas veces, pero no siempre. Hay que compaginarlo con las responsabilidades que tenemos como padres y madres. El adulto es un ser totalmente desconectado de la aventura de vivir. Para conectar con los niños hay que volver al estado de niño y sumarse a esa vibración.

Nuestra mente va por un lado y la de ellos por otro. Nuestra mirada va sobrevolando por la casa. Desplázate a gatas por la casa, toca el suelo, explora su mundo. Pon tu mirada y tu mente en su mismo camino. Verás qué rápido se produce una conexión. Si ellos viven a ras del suelo y tú vives a un metro y medio por encima, estás pisando su mundo pero no vives en él y ellos sólo pueden mirar el tuyo, pero no pueden alcanzarlo. El suelo es su espacio.

¿Cómo hacía María Montessori?

Lo primero que hizo fue poner su mirada a la altura de los niños y creó un lugar a su tamaño. Ella sabía que los niños juegan y se desenvuelven en el suelo. Por eso eliminó el pupitre y creó un ambiente en el que se puede trabajar en el suelo o en las mesas.

Esta mujer era una aventurera. Siempre observaba sorprendida cada detalle de los niños, de la naturaleza, de la tecnología… Era una apasionada por aprender. Estudió medicina, antropología, filosofía y psicología. Gran estudiosa del Ser Humano, era como una niña: estaba totalmente presente, y por eso le era fácil conectar con ellos. Cuando se acercaba a los niños empleaba su sentido del humor y cariño, y respetaba sus ritmos. Ella daba opción a la expresión y ponía límites actuando sobre el ambiente y con una presencia ejemplar.

Por otro lado, era una mujer creyente, veía a Dios en los ojos de los niños, y ese era uno de los motivos por los que su respeto hacia ellos era máximo: ¿tiene sentido enfadarse con un propósito cósmico? ¿tiene sentido castigar a Dios o ayudarle innecesariamente?

María Montessori, frente al caos aparente que se pudiera producir, no se ponía nerviosa. Veía el orden dentro del caos. Dentro de la agresividad veía el dolor, y trataba de sanar ese dolor o de darle salida ofreciendo vías de expresión que no fueran dañinas para los demás, evitaba reprimir la necesidad de expresión y la búsqueda del equilibrio interno.

Por eso no castigaba para recuperar el control. Esta manera de conectar con la naturaleza que hay en los niños chocaba bastante con las aulas llenas de pupitres, donde el maestro golpeaba con una vara a los niños, y les ponía orejas de burro para humillar a los que no iban al ritmo que él quería. Eran los inicios del siglo pasado y María Montessori pegaba un salto pedagógico tan grande que aún no la hemos alcanzado. Era una crack.

Ahora bien, en el mundo de las prisas y los móviles, ¿qué margen queda para conectar con los niños? Y si, además, estamos en cuarentena y los peques no pueden salir de casa, ni socializar con otros niños, entonces no esperemos que la conexión con ellos sea óptima. Toca ser paciente y compasivo, no entienden bien la magnitud de lo que sucede. Sólo pueden expresarse a su manera.

Hacer cosquillas.

Te pongo un ejemplo: prueba a hacer cosquillas a tu hijo mientras piensas en tu trabajo, en lo tarde que es, en lo sucia que está la cocina o en la discusión que tuviste con tu pareja. ¿Crees que es compatible hacer cosquillas con semejante estado mental?

NO, las cosquillas no son mecánicas. Las cosquillas hay que buscarlas poniendo en ello toda la intención y presencia para provocar en tu hijo unas cuantas carcajadas incontenibles. Hay que estar en el presente, hay que entregarse al juego, al cuerpo, al contacto físico, al mundo de los niños. Ahí se produce una conexión.

Pero el niño tiene que estar receptivo, ojo… ¡es su cuerpo lo que vas a tocar!
Al fin y al cabo, conectar con una persona es establecer una comunicación sana con ella, y para eso hay que entender el mismo lenguaje y usar los mismos códigos. Y no podemos exigir a los niños que nos entiendan.

Te lanzo esta propuesta a ver qué te parece: haz más cosquillas, baila, escóndete y dale algún sustillo, haz algo absurdo dentro de los límites de lo gracioso, baja al suelo de vez en cuando… Puede ser que encuentres así más situaciones propicias para comunicarte en sus términos.
El sentido del humor funciona.

Recibe un cosquilloso abrazo,
Rafa

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