¿Qué haces cuando tu hijo/a no te hace ni caso? ¿Cómo actúas cuando te desafía? Maestros y maestras, ¿qué hacéis con vuestros alumnos cuando no os siguen el rollo?

Sabes que el castigo es un pecado imperdonable entre los montessorianos. Normalmente hablamos de las consecuencias. Pero hay gente que utiliza el término “consecuencia” para castigar de manera elegante. Son los que “ponen” consecuencias. Veamos la gran diferencia que hay entre un concepto y otro.

Este es un detalle de los ambientes montessorianos. María Montessori rechazaba radicalmente los premios y los castigos. Para ella, las acciones tenían su razón de ser, en sí mismas: lavo los platos para que estén limpios, no para que me den un premio ni para evitar una bronca.

No son agentes externos los que deben mover al niño a hacer una actividad; es la propia actividad y su resultado.

Veamos qué sucede cuando castigamos, y qué sucede cuando los resultados se consiguen de otra manera.

Ejemplo de una situación que conduce a castigo:

Si pides a tu hijo que ponga su ropa en su sitio y no lo hace, ¿cuál es tu siguiente acción?

—¿Es que no has oído lo que te he pedido? Todos tenemos que colaborar. Yo guardo mi ropa y tú la tuya, …venga, haz el favor.

Tu hijo, que está muy entretenido con la tablet, responde:
—Después la guardo

A lo que tú dices:
—Sabes perfectamente que “después” significa que al final acabo haciéndolo yo. ¡Haz lo que te he pedido ahora!

Tu sangre alcanza los 60°C, sin coronavirus ni nada, y tu hijo da un paso más:
—Ya me estás regañando otra vez. ¿Acaso tú lo haces todo perfecto?

Ante semejante desafío, elevas el tono y lanzas tu amenaza:
—No voy a discutir contigo. Si en cinco minutos no está recogida la ropa, esta tarde no hay pantallas ni juegos ni consolas. Punto.

Diez minutos después, la ropa sigue tirada en el suelo. Y esto haces:
—Muy bien, te has quedado sin pantallas —y acto seguido le arrebatas la tablet de las manos.

Pataleta. Voces del niño. Voces tuyas… Pff.

Empiezas a decir que es un niño mimado, que tenías que haber hecho como hacían tus padres contigo, que a partir de ahora vas a ser mucho más contundente, y que se acabaron las tonterías en esta casa. Niño chillando, encerrado en su habitación y dando porrazos en la puerta…

Qué mal rollo, ¿no?

¿Qué has conseguido? ¿Está la ropa en su sitio? Lo más probable es que no, pero si fuera el caso… ¿realmente ha valido la pena? ¿Estás feliz? ¿Sientes cómo tu ego se hace más grande? ¿Experimentas la autoridad y el poder? Realmente, ¿qué has conseguido?

Los castigos tienen consecuencias muy graves: que tus hijos se escondan de ti, que te tengan miedo, que te mientan, que los niños se hagan más desafiantes aún, que aprendan que las cosas se consiguen castigando a los demás, y que el motivo por el que hay que hacer lo que hay que hacer es simplemente para evitar que te castiguen o que se enfaden contigo.

Si los castigos son lo suficientemente desproporcionados, si hay agresiones, violencia verbal o física, o una limitación de la libertad excesiva, tal vez consigas una especie de lealtad hacia ti por parte del niño, como pasa con los animales de compañía. Puedes convertir a tu hijo en tu animal de compañía: un ser sumiso y desprovisto de personalidad. Y, por otro lado, si las amenazas no se cumplen, se va a reír de ti durante el resto de tu vida cada vez que abras la boca. Una amenaza no cumplida es una falta de compromiso y una flaqueza con graves consecuencias. Con unas cuantas así, puedes conseguir que al final el niño mande y tú obedezcas.

Los castigos son golpes de autoridad en los que el adulto se convierte en juez y decide la pena que la criatura ha de pagar. Por cierto, hay castigos de diversa índole: físicos (bofetón, limitación de libertad o actividad), y psíquicos (minusvalorar, “no guardas la ropa porque no sabes hacer ni siquiera una cosa tan sencilla”, culpar “como no has guardado la ropa, ahora tus amigos se van a quedar esperando esa partida online que tenías planeada esta tarde. ¿Ves lo que has conseguido?”, humillar, etc.).

Si miramos bien el origen de toda situación que desencadena un castigo, lo que suele ocurrir es que la actitud del adulto fallaba desde el principio. No se ha tenido en cuenta al pequeño cuando se le piden las cosas. Le estás dando una orden en la que sólo estás pensando en ti. Esto ya genera un rechazo directo.

“Pon tu ropa en su sitio” es algo que tú, mismamente, no aceptarías si alguien se dirigiera a ti de esta manera. Lo primero que hay que hacer es evitar la situación que he descrito teniendo más respeto hacia el pequeño. Los golpes de autoridad demuestran falta de liderazgo. El liderazgo es un premio que te dan por ser un modelo a seguir. Si vas dando órdenes por la vida, no eres un modelo a seguir.

Ahora veamos la misma situación anterior, pero sin amenazas ni castigos:

—He visto que está tu ropa todavía tirada en el suelo.

Con esto, no estás dando ninguna orden; estás haciendo una observación.
Tu hijo responde:
—Después la coloco en su sitio.

Entonces tú le preguntas:
—¿Cuándo lo vas a hacer?

Le estás dando la posibilidad de que elija él.

—Cuando termine este juego.

Ok. Confías en su palabra.

Una vez termina el juego, ves que sigue ahí tirada, tú haces otra observación:
—Ya terminaste el juego y la ropa sigue en el suelo, ¿te acuerdas que tú mismo me dijiste que la ibas a colocar después del juego?

Lo más probable es que la coloque en su sitio, porque estás recordando su propio compromiso. Si no cumple su palabra, entonces puedes decir algo así:
—Cariño, esta situación me llena de desconfianza. Yo creo en ti, pero no sé por qué motivo no estás haciendo lo que tú mismo decías que ibas a hacer.

Es decir, utilizas una oportunidad para expresar tu cariño, para decirle que crees en él y para poner en valor dos cosas fundamentales: el compromiso y la confianza. Y si, después de esto, la ropa sigue ahí tirada, obviamente, al niño le pasa algo que no has alcanzado a ver.

Pero, en cualquier caso, hay que transmitirle:
—Tu ropa es tuya. Tú eres dueño de tu ropa. Yo no la voy a recoger. Si se queda ahí tirada, tal vez la pisemos sin querer, tu habitación estará más desordenada y desagradable, te va a quitar espacio para jugar a otras cosas… Tú verás cómo quieres tratar tus propias cosas y tus espacios… Y ahora me gustaría saber si te pasa algo, si quieres contármelo estoy disponible.

Pones en sus manos toda la responsabilidad, muestras la consecuencia de no colocar la ropa en su sitio, y creas confianza con él.

CONCLUSIÓN: La principal diferencia entre castigo y consecuencia es que las consecuencias no se ponen, se hacen ver.

Espero que estos ejemplos sirvan de inspiración para evitar los castigos, tan dañinos para los niños como para los padres, y tan poco útiles.

Mucho ánimo estos días, en los que cualquiera puede perder los nervios. Por eso, con más motivo que nunca, me alegra compartir estas herramientas montessorianas. Ahora, cuéntame tú: ¿Cuál ha sido el problema más recurrente en tu conviviencia familiar en estos días? ¿Qué temas te gustaría que tratara?

¡Gracias por trabajaros cada día para dar a vuestros hijos lo mejor!
Hasta la próxima,

Rafa.
 

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