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Se acerca el verano. Puede ser que tengas hijos o alumnos de sobresaliente, o puede que lleguen a casa con un buen puñado de suspensos o áreas a mejorar.

¿Cómo te sentías tú con, por ejemplo 9 o 10 años, cuando tenías que llevar el boletín de notas a casa al final de curso? Es el veredicto. Es lo que has hecho o dejado de hacer en todo el año.

Ahora toca esperar las consecuencias, los sermones, o las alegrías.

En cualquier caso, se nos está olvidando hacer balance de lo que ha sido el curso en términos de felicidad, motivación, ganas de vivir y de tener experiencias y en términos de amor y relaciones afectivas.

Estas cosas no están en las notas de final de curso. Pero son las que, si no atienden y se les da la enorme importancia que tienen, te van a pasar factura toda tu vida.

Sin embargo, detrás de las notas o la evaluación de final de curso, se esconde un elemento fundamental: la motivación.

Podríamos hablar largo y tendido sobre las diferentes variables que influyen en la motivación (hábitos saludables, relaciones sociales, tiempos de exposición a pantallas o adiciones, traumas no superados, etc.).

Pero nos vamos a centrar en algo sencillo: cómo acompañar a los niños para que su motivación aumente.

El cine es un modelo que nos enseña cómo hacer que los espectadores mantengan la atención durante una hora y media seguida.

La propia película se encarga de que tu cerebro cambie la atención de una escena a otra, y si se escapa fuera de la pantalla, en seguida la recupera modificando las músicas, los sonidos, los personajes…

Recurren a miles de trucos para que cientos o miles de horas de rodaje y producción queden condensados en una historia de una hora y media.

¿Las administraciones y centros educativos no han observado que todo un curso escolar es como el rodaje de una película, cuya esencia se puede resumir en unas pocas horas?

¿Qué espectador soportaría tragarse un rodaje entero? Pretendemos meter en los niños una película sin hilo, ni argumento, ni desenlace, ni música, ni humor, y que dura cientos de horas.

Si un curso escolar es esto, poco podemos hacer para que estén motivados por lo que se les obliga a aprender.

La obligación, por cierto, es el primer paso para la desmotivación.

El tiempo que dura una comunicación del maestro al niño debería ser muy inferior al tiempo que pasan las criaturas en acción y en movimiento físico dentro del colegio.

Para eso, hay que saber quitar la paja del currículo y dar propuestas de acción interesantes para ellos.

Una información impactante le deja una marca a cualquiera, porque la memoria se refuerza al evocar el recuerdo de ese impacto.

Aquí tenemos la primera propuesta: simplificar e impactar.

Azaña de la pedagogía. ¡Vamos chicos!

María Montessori sabía que la interacción libre de las criaturas en un ambiente preparado debía ser el proceso más eficaz para el aprendizaje.

Nos dejó este regalazo de frase: “Esta es nuestra obligación hacia el niño: darle un rayo de luz y seguir nuestro camino”.

El papel de un guía Montessori es asegurarse de que las criaturas tengan el ambiente que necesitan y de encender en ellos la chispa, dando información concentrada en breves presentaciones de impacto o sugerentes.

Se trata de inspirar a los niños, de mostrarles los caminos que ellos no conocen; pero es para que los recorran ellos, y lo harán si el maestro se lo ponen interesante.

Para eso se prepara un ambiente con un amplio repertorio de materiales sensoriales y de carácter intelectual. Las manos mueven la inteligencia.

La socialización libre y respetuosa en el aula también predispone favorablemente.

Esa preparación del ambiente lo que hace es, básicamente, preparar los niveles adecuados de serotonina, oxitocina y dopamina en los cuerpos de los niños.

Qué hacemos si no tenemos un ambiente Montessori:

¿Hay otras formas de preparar el cuerpo de un niño (o de un adulto) para generar la motivación y recuperar la adicción natural por aprender?Pues tal vez sí. En la frase de antes está el secreto “da un rayo de luz, y sigue tu camino”.

Esto implica dos cosas: un adulto con una intervención breve (ese rayo de luz), y un ambiente adecuado para la acción del niño (donde el adulto pasa a un segundo plano para darle autonomía).

Si el adulto no actúa, entonces el ambiente tiene que suplir ese “rayo de luz” y generar por sí solo toda la predisposición para el aprendizaje; y si el ambiente no es adecuado, entonces el adulto tiene el papelón de preparar la “química” de los niños, y generar ese estado hormonal necesario.

Y esto es, precisamente, lo que hace el cine.

Sistema de Educación por Retos

Hasta la fecha no conozco ninguna academia, ni profesor particular, ni psicólogo que lo haya conseguido, o al menos que tenga un método sencillo para motivar al aprendizaje, porque normalmente todos los esfuerzos se centran en que los niños aprueben sus asignaturas.

Unos prestan apoyo para hacer deberes y preparar exámenes o trabajos; otros se dedican a analizar y buscar la manera de diagnosticar a los niños o de organizarles un hábito de estudio.

Pero a ver quién es el guapo que consigue que salga de ellos las ganas de hacer aquello a lo que están obligados.

Definitivamente, hay que crear el contexto adecuado para cambiar la química del cuerpo, y entonces cambiará todo.

El próximo martes, 14 de junio, voy a hablar de un método didáctico que desarrollé y que he estado aplicando en el colegio (Granada International Montessori School), en el Club de Excelencia e Innovación Educativa de ACADE (Asociación de Centros Autónomos Privados de España).

Lo que hago con este método es ponerlo fácil a docentes y también a familias, para que la motivación por aprender coja forma a través de la acción, y consiste en lo siguiente:

Los niños reciben un concepto del adulto, de una manera impactante, sorprendente, con sentido del humor, y una propuesta de actividad que culmina creando, resolviendo o descubriendo algo, y generando satisfacción durante el trabajo y confianza en sí mismos con los resultados.

Un abrazo,
Rafa